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La elección presidencial en Colombia va por una segunda vuelta: continuidad, voto de castigo y algo más que un cambio de gobierno


La primera vuelta presidencial en Colombia dejó un resultado cerrado, pero sobre todo dejó un mensaje político que merece atención. El candidato outsider y conservador, Abelardo de la Espriella, llegó al primer lugar con alrededor de 44% de los votos, mientras que Iván Cepeda, senador del Pacto Histórico y aliado del presidente Gustavo Petro, obtuvo cerca de 41% de la votación. La distancia fue menor a la prevista y confirmó algo que ya se intuía: Colombia llega a la segunda vuelta polarizada y obligada a decidir qué tipo de estabilidad quiere después de años de promesas de cambio, frustración y desencanto institucional por falta de resultados y una violencia que nunca desapareció del todo. Por ello, encuadrar esta elección solo como un enfrentamiento entre ideológico entre la izquierda y derecha simplifica en demasía lo que el país se está jugando. Probablemente la segunda disputa electoral, prevista para el 21 de junio, se parezca más a un referéndum político sobre el balance del gobierno de Petro y sobre la manera en que el país quiere enfrentar tres temas que dominan la conversación pública: seguridad, desigualdad y crecimiento económico.

Recordamos que Gustavo Petro llegó al poder impulsado por un deseo real de ruptura y cambio, después de décadas de gobiernos identificados con élites tradicionales y con una agenda de seguridad dura, muchos votantes quisieron probar algo distinto. El presidente apostó por reformas sociales, amplió programas redistributivos y colocó en el centro la llamada “Paz Total”, un esfuerzo por reducir la violencia mediante negociaciones con grupos armados y mayor presencia estatal en territorios históricamente abandonados. Sin embargo, el balance de su gobierno divide al país. Sus simpatizantes sostienen que abrió discusiones necesarias sobre desigualdad, concentración económica, salud, pensiones y acceso a derechos. Sus críticos observan otra cosa: dificultades para ejecutar políticas, enfrentamientos permanentes con el Congreso, señales de incertidumbre económica y una percepción creciente de deterioro en seguridad, especialmente en zonas donde grupos criminales mantienen presencia. Más que un rechazo absoluto al proyecto de Petro, parte importante del electorado parece expresar algo más complejo: cansancio, dudas sobre capacidad de gobierno y la sensación de que el cambio prometido no llegó con la velocidad esperada.

Ese ambiente ayuda a explicar el ascenso del candidato De la Espriella. Aunque pertenece a la derecha, no encarna exactamente a la derecha tradicional colombiana y parte de su crecimiento en las preferencias, sobre todo en las últimas semanas de campaña, se explica porque logró capturar un voto de castigo tanto contra el oficialismo, como contra el establishment político, aventajando sobre el perfil tradicional, Paloma Valencia. Su campaña habla menos de ideología y más de orden, autoridad y capacidad del Estado para recuperar control territorial. Ha insistido en endurecer la política de seguridad, combatir con mayor fuerza a grupos armados y revisar el enfoque de negociación impulsado por Petro. Su mensaje conectó con empresarios, clases medias urbanas y ciudadanos preocupados por extorsión, crimen e inseguridad cotidiana.

Iván Cepeda representa continuidad, aunque con un matiz importante. Su reto consiste en defender el proyecto político del actual gobierno sin cargar completamente con su desgaste. Su base electoral sigue siendo fuerte entre jóvenes, sindicatos, votantes urbanos progresistas y regiones donde el conflicto armado y la desigualdad siguen marcando la vida diaria. En campaña insistió en mantener reformas sociales, ampliar protección estatal y preservar espacios de negociación para reducir violencia, aunque el desafío ahora será convencer a sectores moderados de que continuidad no significa repetir errores.

El mapa electoral ayuda a entender mejor la competencia. Colombia vota de manera diferenciada por región. De la Espriella mostró fortaleza en el interior y regiones centrales, más conservadoras y receptivas a discursos de orden y seguridad. Cepeda consolidó respaldo en la periferia y especialmente en la costa Caribe, donde las agendas redistributivas suelen tener mejor recepción. Incluso en Bogotá, donde Cepeda ganó, el margen fue menor de lo previsto, una señal de que el oficialismo enfrenta vulnerabilidades en espacios urbanos que antes parecían más seguros. Bogotá, Medellín y Cali serán decisivas, no solo por tamaño electoral, sino porque reflejan el humor político de las clases medias urbanas

Llegar a una segunda vuelta también abre una fase de negociación política. Paloma Valencia, candidata del uribismo que quedó fuera con poco más de 6% de los votos, ya manifestó apoyo a De la Espriella, y el expresidente Álvaro Uribe mandó mensajes públicos de apoyo al proyecto del candidato de la derecha. En términos políticos, esto importa porque ayuda a consolidar un bloque de derecha alrededor del candidato puntero y superar divisiones internas. Sin embargo, los votos no migran automáticamente. Parte del electorado uribista mira con cautela a figuras outsiders, mientras sectores de centro aún no muestran una preferencia clara.

A pocas horas de conocer los resultados preliminares de hoy, las narrativas de campaña ya empezaron a endurecerse. Iván Cepeda pidió claridad sobre inconsistencias en resultados y expresó dudas sobre algunos elementos del proceso. El presidente Petro dijo desconocer los resultados que colocan a la derecha como ganador de la primera vuelta. Mientras De la Espriella respondió con llamados a respetar la voluntad popular y evitar cuestionamientos prematuros e infundados. Más allá del intercambio político, el episodio deja ver el nivel de polarización con el que se enfrentaran en 20 días. La agenda de seguridad domina la agenda, sí, pero también se habla de gobernabilidad, confianza institucional, transparencia y legitimidad democrática.

La matemática electoral parece favorecer ligeramente a De la Espriella. Si logra absorber buena parte del voto de centro-derecha y mantener movilizado el voto de castigo, parte con ventaja. Cepeda necesita algo más difícil: crecer fuera de sus bastiones, reducir temores económicos y convencer votantes moderados de que la continuidad puede venir acompañada de ajustes y mejoras ante autocríticas a los errores del gobierno actual.

Hay tres escenarios posibles. El primero: gana Cepeda y Colombia apuesta por una continuidad corregida, más moderada, obligada a negociar y probablemente menos ambiciosa fiscalmente. El segundo: gana De la Espriella y el país gira hacia una agenda de seguridad más dura, cercanía empresarial y revisión de la política de “Paz Total”. El tercero, quizá el más probable sin importar el ganador: un gobierno obligado a pactar, porque Colombia rara vez concede mayorías para el pleno ejercicio del poder.

El resultado final también importa fuera de Colombia; por ejemplo, para Estados Unidos, el país sigue siendo un socio clave en seguridad, energía, migración y combate al narcotráfico. Para América Latina, la elección funciona como un termómetro político: hasta qué punto los gobiernos progresistas resisten el desgaste de gobernar y cuánto espacio gana una nueva derecha más enfocada en seguridad y orden.

 

Rodrigo Aguilar Benignos

Consultor Internacional



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